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Tu guía de comida y bebida en Santiago de Chile
Hablar de Santiago sin hablar de su comida y su bebida es casi un pecado. La gastronomía santiaguina es una mezcla fantástica de tradiciones criollas, tesoros del Océano Pacífico y la herencia del campo chileno, que hoy se funden con la alta cocina y las picadas tradicionales que le ponen sabor a cada rincón de la capital.
Si hay algo sagrado en Chile es la hora de once. Más que una simple merienda, es un ritual donde la marraqueta calientita con palta es la reina indiscutida, acompañada de un buen té y conversas largas. Pero para almorzar o cenar, el festín parte con los clásicos de greda: un buen pastel de choclo dulzón y doradito, una cazuela bien sabrosa para reponer las fuerzas, o unas empanadas de pino jugosas, con carne picada, aceituna y huevo duro, de esas que gotean y hay que comer con las piernas abiertas para no mancharse. Y si andas apurado, nada supera al completo italiano (con palta, tomate y mayo casera) en alguna fuente de soda tradicional.
La cocina del mar es otro pilar fundamental de la mesa santiaguina. Aunque Santiago está entre cerros, la cercanía con la costa asegura que los mercados tradicionales reciban fresquito lo mejor de nuestro mar: desde un reponedor caldillo de congrio —ese que inspiró a Neruda— hasta ceviches bien aliñados, locos con mayo o unas empanadas de mariscos fritas que son un manjar de los dioses.
La escena de autor y la alta cocina también han tomado mucha fuerza en la capital. Diversos barrios gastronómicos concentran propuestas que reinterpretan los ingredientes nativos y las técnicas ancestrales del pueblo mapuche, dándole un toque moderno y sofisticado a los sabores de la tierra. Restaurantes de renombre y bistrós con estilo elevan productos como el piñón, el cochayuyo o el merkén, convirtiendo cada plato en una obra de arte contemporánea.
Para tomar, el vino chileno es el rey absoluto, especialmente el Cabernet Sauvignon y el Carménère del Valle del Maipo, que está a la vuelta de la esquina y ofrece catas espectaculares. Pero si de tradición se trata, tienes que probar el terremoto —un trago dulce y peligroso de pipeño, helado de piña y un toque de granadina o fernet— en alguna picada famosa de la ciudad. Y para pasar el calor del verano, nada más santiaguino que un buen mote con huesillo heladito comprado en los cerros de la ciudad.
Los mercados y las ferias libres son la mejor oportunidad para entender de dónde viene tanta variedad. Recorrer las ferias de la capital es un viaje sensorial lleno de colores, pregones de feriantes y la fruta más fresca y accesible de la ciudad.
Para cerrar el día como corresponde, no hay nada mejor que un buen pisco sour de pica en una terraza, un shop de cerveza artesanal, o un cóctel de autor en algún rooftop con vista a la imponente Cordillera de los Andes. Santiago sabe cómo dejarte satisfecho y con el corazón contento.



